
Las calificaciones no miden lo que realmente importa
Hay alumnos que no levantan la mano en clase, pero que escriben los pensamientos más profundos en la última hoja de sus cuadernos. Hay niñas y niños, que no superan un examen de matemáticas, pero son capaces de consolar con una ternura que sana. Hay adolescentes que parecen distraídos, pero están sobreviviendo a batallas invisibles que nadie se imagina. Y, pese a todo ello, cada trimestre, cada boletín de notas, cada comentario en rojo en la agenda, se convierte en un juicio sobre su valía. Como si fueran solo números. Como si eso pudiera definirles.
Pero una nota no mide el esfuerzo silencioso, no mide la empatía, no mide la creatividad, y, por supuesto, no mide el coraje que hace falta para seguir yendo al centro educativo cuando todo dentro grita “no puedo más”.
Demasiadas veces, sin querer, las familias, los docentes, convertimos las calificaciones en etiquetas, decimos “es flojo”, “no se esfuerza”, “no tiene interés”, y eso, sin darnos cuenta, es cortarles las alas a las personas. Esas alas que quizás no vuelvan a crecer si no hay una mano adulta que abrace en lugar de exigir, que confíe en lugar de señalar.
No le cortes las alas a una persona sólo porque no ha volado todavía como esperabas, quizá lo suyo no sea volar en línea recta o, quizá está aprendiendo a volar a su manera.
Como educadora social, como docente, como hija de un sistema que no siempre me supo mirar, te invito a mirar más allá de las calificaciones. Te invito a ver al niño, a la niña o al adolescente que tienes delante, para sostener, comprender, y acompañar.
Porque cuando un niño o una niña siente que alguien cree en él o en ella, incluso cuando no brilla en lo académico, algo mágico sucede: las alas se despliegan solas.

Ojalá más personas opinasen lo mismo que tú, eres grande, Carla. No cambies nunca.
Muchas gracias por tus palabras.